Día Cero: Introducción a la molestia

En la introducción, no hablé de la principal molestia porque tenía en mente, en este primer registro hacer una explicación más detallada de la situación, para usar como contexto para sucesivos acercamientos.

Iniciando la historia, hace algo menos de una década me fui a vivir a la capital, después de haber realizado fuertes progresos en otra parte de España, siguiendo una propuesta parecida a la que planteo desde la perspectiva del Pónoi. Pero al llegar a Madrid, había un elemento que no había tenido en cuenta cuando hice dicho desplazamiento.

Mi principal molestia gira entorno a cierto perfil de personas. Es decir, un grupo de personas con ciertos rasgos comunes que me generan un tremendo malestar de carácter íntegramente supersticioso. Para poder ponerlo con perspectiva, todos habremos oído, que a ciertas personas les perturba el hecho de encontrarse con un gato negro en la calle, pasar por debajo de una escalera, verter un salero en la mesa, romper un espejo o abrir un paraguas bajo techo porque sienten que cualquiera de estas situaciones, será un desencadenante de algo terrible por pasar, llamémosle un «malfario».

Un caso trastorno obsesivo compulsivo de libro

En mi caso, lo que me perturba es tener contacto físico, tanto de manera directa (darles la mano) como indirecta (tener contacto con algo que sé que ha sido previamente tocado por ellos, como por ejemplo, un pomo de una puerta), dado que en cierta forma, esto supone para mí una forma de «contaminarme» de ese malfario que podría afectar a la integridad de mi persona.

Esto empezó a ocurrirme desde el inicio de mi adolescencia, y pronto caí en cuenta que reunía todas las propiedades para considerarse un trastorno obsesivo compulsivo de libro. La compulsión vino, varios años después de iniciarme en esta absurda creencia, cuando me di cuenta de que me relajaba y encontraba un estado de tranquilidad, cuando, después de haber tenido este contacto, me «descontaminaba» a través de un lavado de manos o una ducha. El agua y el jabón se convirtieron en mi chivo expiatorio.

Para aquellos que conozcan en profundidad como opera esto a lo que los psicólogos llaman TOC, el principal problema es que este trastorno se desarrolla exponencialmente, y cuando los primeros meses, la necesidad de alivio se resolvía con apenas 3 lavados de manos al día, al cabo de los pocos años, la cosa se multiplicó en decenas de lavados o de minutos bajo la ducha al día.

Tan pronto me di cuenta de esta espiral de inconveniencia, empecé a estudiar en profundidad sobre ello desde la perspectiva eminentemente psicológica, de eso que llaman «psicología» como una supuesta ciencia.

Pensé que a través de la terapia de «Exposición y prevención de respuesta«, que resultaba lo más eficiente en tratamiento, sería posible salir de ello a medio plazo. Esto no lo inicie, sin antes haber pasado por más de media docena de profesionales en psicoterapia que poco o nada sabían de estas prácticas reconocidas internacionalmente.

Pero lejos de alcanzar el objetivo que pretendía, el TOC es un trastorno sistémico que afecta a algo más allá de la simple exposición. Es decir, no es suficiente con «enfrentarse al miedo» y aguantar sin hacer la compulsión. El problema del TOC, como ocurre con el gran porcentaje de las afecciones menores y mayores que afectan a la mayoría de las personas, tiene que ver con un componente, que es completamente ajeno a la naturaleza del hombre: la búsqueda del bienestar y la tranquilidad como un télos, es decir, como un fin último.

En una época como la que vivimos hoy en día, que todo gira entorno a este télos, empezando por el bienamado y venerado, «estado del bienestar» que los gobiernos y los políticos abanderan como su principal causa y leitmotiv, la mayoría de las personas, pasa de puntillas intentando subsistir en esta debacle sufriendo regularmente por un quiero y no puedo pero intentando aguantar de pie en un mísero trabajo sin demasiado drama. Y por otro lado, unos pocos, sumidos en alguno de los cientos de trastornos que se circunscriben a un manual de diagnóstico, algunos aprendidos y otros con posibles raíces biológicas que posiblemente incrementan el impacto, directamente acaban cayendo en un pozo sin salida cuyo fin último realmente supone una completa inhabilitación como seres humanos.

Primeros pasos con los pónoi

En lo personal, a día de hoy, no veo excusa para no trabajar en los ejercicios ascéticos comunes para desarrollarlos como parte de los pónoi. Dormir en el suelo, ducharme con agua fría, comer poco, hacer duro ejercicio físico, abrazar una estatua helada, etc. Pero creo que estabilizar el pónos que deriva del TOC y adecuarlo a mi día a día resulta una prioridad para mí en estos momentos.

El primer paso que di recientemente, quizá errático, fue huir de la gran ciudad, donde descubrí con el paso de los años, que el índice de personas que me causaban el malestar era de un apabullante 25% sobre el total según las estadísticas. Por mi experiencia, esto suponía una cosa: cada vez que salía por la puerta de mi casa, la probabilidad de encontrar a alguien con estas características, era casi del 100% y de encontrar a varios en una misma salida, también se mantenía en este índice tan alto. Me resultaba incluso perturbador el simple hecho de asomarme a la ventana y encontrarme con personas que encajasen de este patrón y esto más considerando, que el índice en el resto de España de personas de estas características apenas superaba el 2% de media.

Esto me hizo replantearme moverme a otra localidad, al menos de forma temporal, con el objeto de disminuir un poco esta presión diaria de tener que contemplar de primera mano, lo que más temo, y poderme desarrollar progresivamente a través de ejercicios más livianos para ir incrementándolos en dificultad con el tiempo. El filósofo Epicteto ya hacía mención en varios de los escritos recogidos por Arriano, a la importancia de empezar por lo más simple e incrementar en dificultad progresivamente:

Este ejercicio habrías de practicar desde el alba al ocaso. Empezando por las cosas más pequeñas, por las que antes se dañan, por una olla, por un vaso; y luego avanza al vestidito, al perrito, al caballito, al campito. De ahí, hacia ti mismo, al cuerpo, a las partes del cuerpo, a los hijos, a la mujer, a los hermanos. Mira a todas partes a tu alrededor y arrójalo de ti. Purifica tus opiniones, no se les pegue algo de lo que no es tuyo, no se te hagan de tu naturaleza, no te duela al arrancártelas. Y entrenándote a diario, como allí, di no que filosofas (sería un término pretencioso), sino que presentas un emancipador. En eso consiste la verdadera libertad.

Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro IV.1.111-113

Primeras molestias: naturalización de mi nuevo «hábitat»

Después de casi dos semanas de intenso esfuerzo, guardando y envolviendo todo y cada uno de los enseres que pueblan mi morada con el objeto de evitar que por accidente o por error pudieran entrar en contacto con el medio (con la calle, durante la mudanza), el cual a esas alturas ya casi lo consideraba íntegramente «contaminado», he conseguido culminar en contra de mis expectativas y ya me encuentro en la nueva ubicación.

Podría decir que nueva casa, nueva vida, pero por mi experiencia, sé que esto nunca es así: nuevos miedos aparecerán y lo que antes eran «cierto tipo de personas muy concretas», dejando pasar suficiente tiempo acomodado sin moverme de mi zona de tranquilidad, ese pasarán a convertirse en otro nuevo tipo de mi invención. Este es el modus operandi de mi superstición: son ciertas personas las que me traen la catástrofe, y cada día ese grupo de posibles personas, va creciendo. La obsesión, la intranquilidad, las conjeturas supersticiosas nunca paran, y si ahora me pareció que me iba huyendo de un dragón, pronto me parecerá que habrá aterrizado una quimera en el tejado de mi casa. A este fenómeno lo conocemos como la adaptación hedónica o bienestar subjetivo.

Por eso, tras todo este proceso de aterrizaje, ya me veo en ese preciso momento, y en la necesidad de iniciarme en los pónoi raudamente. Y la primera molestia a trabajar tiene que ver con la naturalización de mi propia nueva vivienda: es decir, tomar contacto con todos esos pequeños elementos que ya de antemano, por la propia naturaleza de mi trastorno me causan rechazo por defecto.

Los primeros pónoi: dolores y molestias a partes iguales

Por ir citando unos cuantos y siguiendo con la primera dinámica de la estructura que propuse en el artículo de introducción:

  1. Sentarme en los WC de mi nueva casa: en una casa de alquiler, siempre me viene a la mente que obviamente todo ha sido manipulado por anteriores inquilinos. Pero mi malestar y mi principal molestia, se fortalece e intensifica en aquellos puntos de contacto donde un elemento de asco ha tenido o ha podido tener presencia, como son los WC. Es decir, para mí no es lo mismo tocar un pomo de una oficina que el pomo de salida de un WC público. No es lo mismo sentarme en una silla, que sentarme en la taza del WC, ni siquiera en la taza del propio WC de la casa que yo mismo hábito. Obviamente el trabajo pasa por sentarme y luego no salir corriendo a ducharme, sino aguantar con la molestia/angustia/asco que esto me provocará.
  2. Cierta comida: por algún motivo, pienso que cierta comida, ha pasado por ciertas manos, y entre todas esas manos, he considerado en estos últimos meses, que la probabilidad que se encontrara una de estas personas que entran en el arquetipo de mi malestar sea más alta de lo normal. Por lo general, evito comprar o manipular con mis manos este tipo de comida, y el objetivo será inhibir esta evitación.
  3. Pasear descalzo por las zonas abiertas de mi casa, como patios y terrazas: pasear descalzo por interiores, me suele resultar una molestia, pero solo durante el primer y el segundo día: me habitúo pronto casi por necesidad, porque me resulta más cómodo andar descalzo. Pero en zonas «abiertas» a la intemperie la cosa cambia, dado que me viene a la mente el hecho que elementos del exterior hayan podido depositarse en ese estado de contaminación que tanto me desagrada. Siempre uso zapatillas cuando salgo al exterior, el objetivo, pasar a andar descalzo en estas zonas y aun manchándome los pies por lluvia o arenilla, quedarme como estoy, a disgusto con ello.
  4. Recoger el polvo con las manos: hace tiempo leí que el polvo estaba compuesto en parte, de desechos orgánicos, entre los que se incluía, los relativos al ser humano como la piel o los pelos. Solo pensar que parte de dichos desechos pudieran haber venido de estas personas, me revuelve las entrañas, sumado a que donde está el polvo siempre suele estar un punto de suciedad que combina bien con el sentimiento de asco. Cuando encuentro una gran pelusa, busco la aspiradora corriendo. Mi objetivo: cogerla con las manos y depositarla yo mismo en la basura.
  5. Algunos enseres que vienen de la anterior vivienda: finalmente ya llega el momento de empezar a trabajar con algunos de los elementos que ya traía de mi anterior vivienda arrastrando con malestar por diferentes motivos, principalmente objetos que por ciertos avatares, tuvieron que en mayor o menor medida estar en presencia de estas personas que me provocan el malestar. Es por ello que estos objetos son fuertes activadores del dolor y la angustia de manera indirecta, y son una buena oportunidad para ir ejercitándome en estos pasos iniciales como uno de los primeros pónoi.

He de reconocer que estos elementos no son, de momento, extremos activadores, pero si creo que son un buen paso para iniciarme en lo básico. La dificultad y la intensidad del pónos deberá incrementar con el paso de las próximas semanas, cosa que iré documentando. De momento, en las próximas semanas/primeros meses, casi todo irá entorno a estos absurdos relativos a mi TOC, pero con el tiempo, intención tengo de introducir otros elementos de dolor que si resulten más comunes a la mayoría de las personas.

Por algo hay que empezar y creo que esto es un buen inicio para esta semana.

Fallbacks

Algo que voy a empezar a poner en práctica, son los «fallback» es decir, comentarios entremezclados con las entradas de progreso del Hypomnemata, que me recuerden el por qué de mis decisiones pasadas para que me alienten a tomar decisiones futuras.